2 febrero 2018
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Por Nestor Salgado.

Sepan ustedes, amigos míos, que la siguiente columna la escribe un gordo, que si bien es cierto mantiene el profesionalismo periodístico, ésta vez hablará desde el corazón, ese corazón que ama los tamales.

Dos de febrero, fecha importante en el calendario mexicano en el que se pagan las deudas divinas, mismas que son más poderosas que las deudas de juego, las deudas de honor y las deudas a Coppel juntas.

La tradición dice que el 6 de enero se come uno una rosca que va rellena de niños de plástico, dicho pan representan la Epifanía, el encuentro de los Reyes Magos con el recién nacido al que le dirían Mesías años después (esa figurita que usaron para el “Pasito Perrón” y la razón principal por la que se van a ir al Infierno).

Lo esconden recordando el pasaje en el que un rey de nombre Herodes decidió que no quería competencia y dicen las malas lenguas que mandó matar a cuanto chamaco de la edad del niño Jesús había. Quien lo encuentra recibe la comisión INELUDIBLE de invitar tamales para hoy.

Aunque hay algunos insensibles que reniegan de dicha suerte, la tradición marca que quienes lo encuentran son afortunados, que reciben directo y sin escalas la bendición de El De Arriba y que será un año de éxitos rotundos… todo a cambio de unos cuantos tamales y de vestir al niño. ¡Vaya ganga!

Ahora bien, seguramente usted, querido lector, se está preguntando “¿Vestir al niño?, ¿cuál niño?” Permítanme comentarles como está éste negocio.

Hoy conmemoramos el Día de la Candelaria, en honor a una virgen de España, la palabra viene de “candela”, la luz del niñito Dios, técnicamente festejamos que se termina la cuarentena de la Virgen (han pasado cuarenta días desde el nacimiento) y en la Biblia vamos en el episodio donde el niñito Dios es presentado en el Templo de Jerusalén, que era como la Basílica pero con un poquito menos de vendedores ambulantes.

Los antiguos dicen que si sacas el niño de la rosca el 6 de febrero, es en cierto modo literal, es un niño, por tanto, se le tiene que vestir con ropajes, de preferencia blancos que representen la pureza del aludido –no con playeras de sus equipos favoritos, hubo ya un Cardenal que casi se nos muere del coraje por eso- y se le tiene que llevar a misa a “bautizar” (tipo llevarlo al Templo), para tenerlo todo el año y ponerlo en el Nacimiento, ese que sus progenitores colocan debajo del arbolito, al lado de sus regalos, ese que tiene figuritas con borregos más grandes que una persona.

Ahora bien, la palabra tamal viene de “tamalli”, que en náhuatl significa “envuelto” (no vayan a decir envolvido, ya ven que andamos muy correctitos con la forma de conjugar verbos); ésta delicia culinaria, lo explico para el cada vez más numeroso público extranjero que nos lee, es una porción de masa cocida al vapor rellena de delicioso mole verde, mole rojo, rajas con queso y hasta piña y envuelta en hojas de maíz, plátano y creo que hasta maguey.

Si usted no ha probado un tamal, permítame decirle que no sabe nada, le falta barrio, básicamente han vivido como Voldemort, una media vida. Cuando toca por primera vez sus papilas gustativas pueden sentir como el espíritu de un país, de una nación y de toda su gente les pega de lleno, como cuando descubrieron el sabor de la leche materna, como cuando les dieron a probar el que ahora es su platillo favorito. Es una experiencia, literal, religiosa.

Se sugiere acompañar, sin importar la evidente redundancia, de un atole, que es una bebida –adivinaron- hecha de masa dulcificada con una cantidad inconmensurable de sabores, aunque hoy en día, por las prisas, se acompaña con cafecito.

Dicho todo esto, les deseo a todos un gran día de la Candelaria, coman tamales con moderación, ya ha habido muertes por comerlos en exceso. Yo, por lo pronto, me dirijo a conseguir un tamal oaxaqueño con un atole de galleta, mi favorito por siempre.

Ab Imo Pectore

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