7 febrero 2018
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Por Greta Díaz.

Desde que era universitaria el automóvil se convirtió en mi medio de transporte, a donde fuera que tenía que ir, lo hacía manejando. Estoy consciente de los privilegios que eso representa, pero ese no es tema de hoy. Para mí el automóvil es una vía de escape, me es muy fácil tomarlo y salir de la ciudad; me encanta andar en carretera, sobre todo sola.

A diferencia de mi hermano, a mí nadie me enseñó a cambiar una llanta. Y jamás tuve la iniciativa de aprender porque… no tengo excusa. Además, seamos realistas, a las mujeres nos enseñan a quitar manchas de la ropa, técnicas para cocinar los vegetales más rápido, la lista es infinita, pero dentro de ella no está CAMBIAR UNA LLANTA.

Algún día mi hermano me cuestionó qué haría en caso de que se me ponchara una llanta. ¿Aprender en el momento? No tuve respuesta. Por suerte, pasaron 6 años sin que eso sucediera, pero para todo hay una primera vez. Digo, a final de cuentas mis llantas no estaban exentas de tan desastroso evento.

Hace algunos meses, ¡boom! se me ponchó la primera llanta (ok, no hizo “boom” pero las onomatopeyas siempre son lindas). Me orillé, bajé del coche y la contemplé durante unos minutos. La verdad, me emocioné ¡por fin aprendería a cambiar los neumáticos! y, además, lo haría sola. Empoderamiento femenino. Pero lamento decirles que eso no sucedió. En la calle había un operativo de seguridad y la policía llegó a pedirme que moviera el coche. La escena fue algo así:
Señorita, necesitamos que mueva su automóvil
Oficial, dudo que eso suceda pronto, estoy cambiando mi llanta (sonrisa de empoderamiento femenino)
¿Va a tardar mucho?
Pues… verá, estoy aprendiendo, así que tal vez tarde unos cuantos minutos.
Inmediatamente el oficial, señor don policía, llamó a dos subordinados y les ordenó que me cambiaran la llanta. Así, sin preguntar si yo quería la ayuda. Tomaron las herramientas e hicieron lo que su superior les había ordenado y yo… yo me fui decepcionada de mí misma y de la situación en general. Aunque, fue la primera vez que la policía me había sido útil y no todo lo contrario.

Este fin de semana volvió a pasar. En una de las gloriosas calles de Metepec, cuyos trabajos de pavimentación están a medias, caí en un bache. Nuevamente ¡Boom! Llanta ponchada. Venía regresando del cine y me acompañaba un amigo.

Bajé del coche, segura de mí misma (total, ya había visto a alguien cambiar una llanta y ya sabía cómo se hacía). La rutina fue la misma, bajé las herramientas, la llanta de refacción y… mi amigo cambió la llanta. No porque yo no quisiera ayudar, sino porque mi amigo insistía en hacerlo. Mientras él subía el gato, me escabullí y aflojé los birlos. Pero mi participación no fue mucho mayor. Terminé siendo de ayuda pasando la herramienta y guardando la llanta ponchada en la cajuela.

¿Por qué cuento esto? Porque me parece que mis padres me debieron enseñar a cambiar una llanta al mismo tiempo que lo hicieron con mi hermano. Porque por simple lógica yo debí asegurarme de saber cambiar una llanta, aprender sola, tutoriales de youtube, prueba y error, yo que sé. Porque los hombres no deberían dudar de las capacidades de una mujer para cambiar una llanta. ¡Es sólo cambiar una llanta! Una actividad tan simple y a la vez tan importante de la que somos excluidas por el simple hecho de ser mujeres.

No dudo que haya muchas mujeres que sepan cambiar llantas (como mi madre) o que cambien llantas todos los días. Y me da gusto. Pero, así como los hombres deben ser enseñados a cocinar, planchar, barrer y demás actividades que normalmente se atribuyen al sexo femenino, las mujeres deberíamos ser enseñadas a cambiar una llanta, cambiar aceite, cambiar un foco (ok, tal vez esa es lógica); que se nos permita subir a los techos para revisar las goteras, ensuciarnos las manos con neumáticos y subirnos a escaleras para quitar telarañas o amarrar una piñata.

Porque si me preguntan ¿cuántas mujeres se necesitan para cambiar una llanta? Mi respuesta es: una. Y esa debería ser la respuesta siempre. Es más, la pregunta ni debería plantearse, porque ya basta de enseñar cosas diferentes a hombres y a mujeres basándonos en roles de género.

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