14 febrero 2018
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Por Néstor Salgado.

Hace poco estaba reflexionando una frase que un conocido –porque mi amigo no es- comentó en una reunión, donde decía que “el amor cuesta y entre más cuesta menos amor es”

El sujeto que profirió tremenda declaración es gordo, feo, insoportable y su novia es prácticamente una modelo, él ha aceptado estoico que la dama está con él por interés y no lo disimula, la frase que comentaba el susodicho con sus amigos siguió de lo difícil que era encontrar joyería decente en Toluca.

Independientemente de que creo que si hay buena joyería si se le sabe buscar y que el sujeto hablaba de su novia como un pedazo de carne, me hizo pensar en eso, lo que cuesta el amor.

Para empezar las declaraciones de amor hoy en día, prácticamente, son vía medios electrónicos, que el whatsapp bonito, que el tuitazo dedicado, que el post extenso y lleno de emoticones, que el snap con fotito coqueta… básicamente han quedado, salvo sus honrosas excepciones, atrás las formas de demostrar amor de la antigüedad.

Antes era otra cosa, para empezar la época lírica estaba en su máximo esplendor, así que se escribían cartas kilométricas con frases tipo “amada mía, no puedo esperar para poder rozar tus manos con las mías en una unión infinita de sensaciones que, con la bendición de nuestro Señor Jesucristo, harán que aceptes gustosa ir conmigo al altar, donde frente a lo más divino, pienso jurar por nuestra felicidad consumada”.

Una vez escrita, se mandaba en un sistema de correo que, si había buen tiempo en el mar, llegaba en unos cuantos meses, donde la damisela respondía con un “Amado mío, te esperaré impaciente, porque un amor tan puro y tan sincero como el que me profesas solo habla de quien lo expresa, tus palabras han hecho mella en mi corazón, el mismo que palpita raudo y sin control al leer tus líneas”.

Hoy en día, un whatsapp a la amada no consta de más de un párrafo, a menos que sean unos románticos empedernidos que gusten de hacer sentir amada a su media naranja, medio plátano, media mitad de la fruta que gusten, y llega en segundos, ahora el pleito es si se tardan algunos minutos en contestar con, a veces, problemas.

Las relaciones de antes se acababan, como bien se dice cuando uno se casa por la Iglesia, “HASTA QUE LA MUERTE LOS SEPARE”. Antes las uniones de pareja eran, a todo efecto práctico, irrompibles, así hubiera violencia, así ni se quisieran después del primer año. Era un lazo que mantenía una sociedad funcional en aquel entonces.

Y dije bien, hoy en día no aplica. Hoy en día, con el frenesí de la vida diaria, con la cantidad de gente que vemos, conocemos, besamos, escoger una pareja es, irónicamente, más difícil.

Las nuevas generaciones le temen más al matrimonio, muchas veces por ver el que sus padres tenían, por ser parte de las intrigas que se dan entre sus amigos casados, o simplemente por lo que ven en las películas, series y novelas.

Por eso, la misma Humanidad se ha encargado de proveer herramientas para satisfacer la necesidad carnal, antes sólo satisfecha de forma aprobada dentro del matrimonio (porque podremos de haber dejado de lado muchas cosas, pero lo calientes no se nos quita ni se nos quitará)

Ahí es donde entra Tinder. Una app en la que mete uno sus datos y le aparecen muchachas cercanas a donde uno vive y que en teoría buscan lo mismo: Amor. Es básicamente un catálogo de personas que, al no tener tiempo, ganas o forma de estar buscando con quien salir, se inscriben y se hacen visibles.

¿Funciona? Sí, ya hay casos documentados de matrimonios entre personas que se conocieron ahí. ¿Funciona siempre? No, porque, enfrentémoslo, muchas mujeres buscan alguien con quien salir platicar y muchos hombres sólo buscan hacer La Fechoría.

¿Mi consejo? No sea impaciente. Si usted es de las personas que buscan algo serio a largo plazo con hijos y casa en la playa, no se apure, llegará alguien que aspire a lo mismo. Si por el contrario, usted solo busca hacer La Fechoría, no se preocupe, siempre habrá quien quiera lo mismo. ¿No busca nada? No le creo, pero si es así, lo felicito, usted ya tiene lo que quiere.

A todos, por lo pronto, los invito a que amen, se dejen amar, den abrazos, besen, disfruten el amor y vivan la amistad. ¡FELIZ DÍA DE SAN VALENTÍN!

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